CAPÍTULO 1
Un gemido profundo hendió el silencio de la sala, colmando el espacio. Se arrastró bajo la piel y sacudió las piedras, como si las arrancara de un sueño milenario. La sala tembló con un retumbo doloroso, oprimida por una fuerza invisible. El resplandor azul de los cristales lemurianos se avivó, envolviendo el cuerpo de Timothy en una jaula de luz. Él permanecía impasible sobre el disco de granito en el centro de la sala, el rostro contraído y la piel tensa como pergamino sobre los huesos. Una tormenta borboteaba bajo la superficie – una energía capaz de desgarrar planetas, pero en ese instante, solo la sentía como un peso insoportable que lo clavaba contra la roca.
En el Nido, la base lemuriana oculta bajo las capas de la realidad conocida, las tecnologías susurraban secretos en una lengua solo comprensible para los iniciados. Las antiguas paredes, cubiertas de símbolos, palpitaban al unísono con la energía creciente en Timothy, creando un capullo protector de luz vibrante. Solo un zumbido de baja frecuencia quebraba el siniestro silencio, recordando el poder que dormitaba en el cuerpo de aquel muchacho, como una bestia enjaulada. El olor a ozono, mezclado con aceites etéreos, acariciaba las fosas nasales, presagiando una tormenta, un apocalipsis energético – el beso de un casi dios.
Sinan y Slav permanecían a un lado, como centinelas ante la puerta del infierno. La ansiedad estaba grabada en el rostro de Sinan, sus cejas fruncidas en una mueca de dolor, su piel, pálida. Habitualmente inquebrantable como una roca, él, el hijo del desierto, que había servido en la orden de los asesinos y desconocía el miedo, ahora no apartaba la mirada de Timothy, esperando que se desintegrara en cualquier momento.
Slav, el más joven y nervioso, cambiaba su peso de un pie a otro, como un depredador enjaulado, delatando su tensión con cada contracción muscular. Observaba el cuerpo convulso de Timothy, tragando en seco.
Sinan lo detuvo con un gesto brusco, agarrándolo del brazo.
—Silencio. —Su voz era firme, pero en sus ojos brilló un miedo rápidamente oculto—. Camina al borde. No querrás empujarlo, ¿verdad?
La energía alrededor de Timothy se volvía más densa, envolviéndolo en un abrazo viscoso. Él intentó de nuevo conectar con el Panarca – la sabiduría colectiva de los Arcontes anteriores, alcanzar sus recuerdos. Pero lo único que logró rozar fue un muro invisible que se alzaba entre él y su objetivo. Golpeó contra él, arañó y presionó, pero sus esfuerzos eran en vano – como intentar romper hielo con las manos desnudas hasta que la sangre comenzara a correr entre sus dedos. Sus dientes estaban apretados hasta doler, y el sudor le corría por las sienes.
Slav se mordió el labio, mirando el rostro contraído de Timothy. Sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la empuñadura de su cinturón.
—Esto… está durando demasiado —murmuró, más para sí que para Sinan.
Sinan no apartaba los ojos de Timothy.
—Aguanta, guerrero. Ahora no es momento de dudas. —Mordisqueaba el interior de su mejilla, intentando dominar su propia inquietud, como un capitán observando una tormenta que se aproxima. Quería ayudar, tender una mano, pero sabía que la interferencia sería fatal.
Timothy se hundía más y más en sí mismo. El mundo a su alrededor se desvanecía, reemplazado por una danza caótica de luz y sombras, como fragmentos de una pesadilla. Cada célula de su cuerpo temblaba, llena de una energía al borde del colapso. Ante él se alzaba un muro de fuego y oscuridad, pulsando con una energía que amenazaba con quemarlo, convertirlo en nada. Sabía que debía superar esa barrera que lo separaba del Panarca. Necesitaba respuestas, como un sediento necesita agua.
Timothy susurró algo ininteligible. Su cuerpo se sacudió en convulsiones.
Slav dio un paso al frente, listo para intervenir.
—¡Arconte! —no pudo contenerse y gritó Slav. Deseaba darle parte de su fuerza, pero ¿qué podía hacer excepto mostrar su fe en él?—. ¡Tú eres el Arconte! ¡Puedes!
Sinan lo agarró del brazo, clavándolo en su sitio. Habló lenta y claramente, impregnando sus palabras con toda la fuerza que pudo encontrar en su interior.
—Arconte, Timothy, concéntrate en nuestras voces. Vuelve con nosotros. No dejes que te consuma. Recuerda quién eres. Eres Timothy, el Arconte, ¡no una sombra!
Timothy sintió cómo la energía Ka'ra se alzaba en su interior, como una bestia ancestral despertando, convocada. Con un esfuerzo supremo, reunió toda la energía que pudo controlar y la dirigió contra el muro. Una última jugada. La barrera se resquebrajó con un estruendo, desintegrándose en pedazos, como cristal. Su conciencia se disparó hacia adelante, traspasándola, y se sumergió en un torrente turbulento de visiones caóticas.
Luces. Sombras. Sonidos. Sensaciones. Todo chocó en su conciencia, en una explosión caótica de colores y formas. Por un instante, perdió la noción de dónde terminaba su conciencia y dónde comenzaba el océano de información. Las visiones giraban a su alrededor, absorbiéndolo cada vez más hacia dentro. Se sintió perdido, como si se desintegrara en átomos. El olor a carne quemada y ozono llenó sus fosas nasales, irritándolas, como un recuerdo de una pesadilla ajena. El sabor metálico y dulzón de la sangre se extendió por su lengua.
Las visiones lo engullían, arrebatándole parte tras parte. La sensación era de descomposición, como si cada célula de su cuerpo se estuviera desgarrando en innumerables fragmentos minúsculos, dispersándose en el vacío infinito. Solo cuando se quedó incorpóreo, sin sensaciones corporales a través de la niebla que nublaba su conciencia, alcanzó lo que buscaba. Los Vhia Gon —criaturas de energía y materia distorsionada, demonios que alteraban el tejido de la realidad. Mundos convertidos en ceniza. Civilizaciones borradas del rostro del Universo. Vio la desesperación en los ojos de los moribundos, oyó los gritos de los condenados, resonando en su conciencia.
Amplió su perspectiva. Intentó captar algo estable. Cada nueva visión llegaba con una oleada de emociones ajenas – una ira ancestral, una ambición cósmica y sed de poder. Luchó por preservarse, aferrándose al recuerdo de su propia identidad.
Las corrientes energéticas a su alrededor se arremolinaron, como una danza de espectros enloquecidos. En ese momento, comprendió que aquello no era información seca, sino recuerdos vivos, sellados en la conciencia colectiva de los Arcontes, como cicatrices en sus almas. Recuerdos de batallas, pérdidas y una guerra despiadada, ecos de pesadillas. Recuerdos de traiciones y sacrificios, realzados con dolor y arrepentimiento.
—No… no puedo… —susurró Timothy. Su voz temblaba. Su cuerpo se estremecía. El disco de granito sobre el que estaba sentado vibró. Casi imperceptibles cascadas de polvo se desprendieron de las juntas de la milenaria mampostería.
—Arconte, sigue mi voz. —gritó Sinan, acercándose mucho al disco de piedra elevado a unos palmos del suelo—. ¡Esa no es tu realidad! ¡Eres Timothy! ¡Eres el Arconte! ¡No te rindas!
Timothy intentó enfocar su mirada en el hombre frente a él, pero las visiones seguían apoderándose de él. Sintió la presencia familiar de Sinan y la usó como un faro. «Arconte, sigue mi voz...» —oyó la súplica de Sinan. Con un esfuerzo supremo, se concentró en la voz de su leal guardaespaldas, compañero de penalidades e incluso amigo, en el calor de sus manos, en la sensación del granito firme bajo él. Lenta, agonizantemente lenta, comenzó a regresar a la realidad, como un hombre saliendo de un sueño profundo y pesado.
—Los Gon… —Timothy jadeó, clavando los dedos en el granito—. Más terribles… que cualquier cosa que hubiera imaginado. No destrucción… transformación. Una pesadilla… desde dentro. Como un cáncer…
Sinan y Slav intercambiaron una mirada silenciosa. Sinan apretó los labios, convirtiéndolos en una fina línea. Sus afilados colmillos de vampiro perforaron la delicada piel y un hilillo de sangre corrió hacia su barbilla.
Slav se estremeció, aferrándose al hombro de Sinan.
—¿Qué… qué fue eso?
Sinan miraba fijamente a Timothy, su rostro permanecía impasible.
—¿Arconte? ¿Qué nos estás diciendo?
Timothy se desplomó en el suelo, respirando con dificultad. Exhaló un quejido ronco, el sonido resonó en la sala, áspero y lleno de dolor.
—Los Gon… —La palabra pareció escapársele, involuntaria—. Mundos… —Cerró los ojos, apretando las palmas contra sus sienes, en un intento de expulsar la pesadilla—. No… no desaparecen. Se… transforman. —Su mano tembló mientras la alzaba hacia Sinan, los dedos se contraían convulsivamente—. Los xilarianos… son juguetes. Vi… —Se atragantó, incapaz de terminar.
El rostro de Sinan palideció, pero se llenó de determinación. Su diestra apretó la empuñadura de su cuchillo hasta que los nudillos blanquearon.
—Entonces nos prepararemos. No les permitiremos que nos tomen por sorpresa.
Slav intentó sonreír, pero su sonrisa resultó torcida e insegura.
—Entonces… ¿simplemente… nos lanzaremos? —Se aclaró la garganta—. ¿Como… corderos? Contra… —Hizo un gesto vago hacia el lugar donde había estado Timothy— …¿esos Gon? ¿Algún… plan?
Timothy sintió que un poco del peso se alzaba de sus hombros. Las visiones de los Gon aún lo perseguían. Miró a Sinan y a Slav ahora con una mirada más clara y se preguntó si estaban realmente preparados para la guerra que decidiría el destino del Universo.
CAPÍTULO 2
La mano de Talia se congeló en el aire, a centímetros de la puerta del despacho de Sebastian. El metal frío y pulido bajo sus dedos era un recordatorio de la tecnología que los lemurianos una vez habían desechado, y que ahora se entrelazaba inevitablemente en su vida. ¿Llamar? ¿O darse la vuelta, dejar que el vampiro se preguntara la razón de su demora, dejarlo que se cocinara en su propia salsa fría de impaciencia? Su mano tembló levemente; la indecisión se grabó en su rostro. En lugar de irrumpir, como habría hecho antes, Talia empleó otra táctica. Tocó la puerta ligeramente con los nudillos –un golpe apenas perceptible; debía respetar la decisión de Timothy sobre el papel del vampiro–. Luego cruzó el umbral, como si entrara en la guarida de una bestia.
—Sebastian —su voz era pareja, controlada—, espero que sea verdaderamente importante. Mi tiempo es valioso, ya lo sabes.
Sebastian estaba sentado tras su enorme escritorio de caoba, con los dedos entrelazados frente a él como las garras de un depredador. Sus ojos, afilados como una navaja, la traspasaban. La habitación despedía un brillo gélido: mármol pulido, acero y un tenue aroma de loción para después del afeitado, como el presagio de una tormenta que aún no había estallado.
—Talia, siempre tan ocupada —sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible, fina y afilada como el filo del hielo—. Casi me siento culpable de arrancarte de tus tan importantes quehaceres con... el acompañamiento del Arconte.
Talia mantuvo su expresión inalterada. Su mirada permaneció fija en la de él.
—Timothy cuenta conmigo, Sebastian. Está al borde de asumir el peso completo del manto de Arconte. No puedo abandonarlo en este momento.
La luz azulada del holograma se reflejaba en los ojos de Sebastian, transformándolos en lagos helados. Talia vio el mapa del sistema solar, y en su periferia percibió la tensión que irradiaba el vampiro –casi tangible–. Los puntos rojos que marcaban las naves xilarianas se cernían amenazadoramente sobre los planetas interiores.
—Alrededor de Saturno está atestado. Ya tenemos miles de sus naves allí —de todas las clases. En solo días... la situación ha empeorado drásticamente.
Talia se acercó al holograma, pero no apartó la mirada de Sebastian. Sentía la tensión entre ellos –como un cable pelado, a punto de soltar una chispa–. Aunque los movimientos del vampiro eran medidos y elegantes, ella detectaba en ellos nerviosismo. Sebastian ocultaba algo, lo sentía en sus huesos.
—Interesante... Me da la impresión de que ya discutimos su número. ¿A menos que haya algo que se me haya escapado?
Sebastian exhaló levemente, como si se rindiera ante lo inevitable. Sus hombros se relajaron un poco, delatando cansancio.
—Aria se puso en contacto conmigo hace una hora —movió la mano, cambiando la imagen del holograma—. Tenemos información sobre una amenaza... más inmediata.
Talia clavó la vista en la imagen modificada: la superficie terrestre. Varios puntos rojos palpitaban sobre ella, como una erupción siniestra.
—Bases militares xilarianas —aclaró Sebastian—. ¿Te lo imaginas? Completamente automatizadas. Protegidas por inteligencia artificial.
Talia sintió cómo se le encogía el estómago. Esa información era impactante, pero no era eso lo que la inquietaba, sino la contenida excitación que percibía en Sebastian –como la de un depredador que ha olido la sangre—.
—¿Alguna acción concreta de su parte?
—No.
—¿Y qué propones? ¿Que las destruyamos? No veo muchas otras opciones.
—No, Talia —Sebastian esbozó una leve sonrisa tras una pausa breve pero dramática—. Piensa a mayor escala. Estas bases... —Su mirada saltó un instante hacia la pantalla con los marcadores y luego volvió a Talia— ...son una oportunidad.
—¿Y el riesgo de activarlas y atraernos problemas aún mayores? —Talia dio un paso más hacia él, invadiendo su espacio personal. El olor a metal y a sangre añeja se intensificó, recordándole la esencia del vampiro, el abismo oculto tras su máscara—. ¿O quizás tienes otra idea? ¿Algo que no compartes conmigo?
Sebastian guardó silencio un momento, y luego sonrió lentamente, dejando al descubierto sus afilados colmillos. Una sonrisa depredadora.
—Tengo una idea —Sebastian sonrió, sus dientes brillaron en la tenue luz—. Y está relacionada con algo que solo tú y tu gente podéis manejar.
Los ojos de Talia se abrieron de par en par. Su corazón latió con más fuerza cuando notó que Sebastian se lamió levemente e inocentemente los labios.
—¿Adónde quieres llegar?
—Vuestras IA antiguas.
—¿Nuestras IA? —La voz de Talia era baja, casi incrédula—. Sebastian... no las conoces. ¿Sabes el riesgo que eso supone?
—Quizás. Pero me parecen una buena oportunidad. He sabido por los archivos que los xilarianos usaron defensas similares hace miles de años. Solo una IA lemuriana puede superarlas.
—Y, por supuesto, ¿yo soy la única que puede llevar a cabo esta tarea? Qué conveniente, Sebastian.
—No lo tomes como algo personal, Talia —se acercó a ella, su carisma irradiaba como calor, pero Talia sabía que era solo superficie, una bella máscara que ocultaba a la bestia—. Aria está ocupada con otras tareas. Y tú eres la otra única posibilidad que conozco... eres la más adecuada para este trabajo, querida.
—¿Y Timothy? ¿Dejarlo solo en este momento?
—Timothy no es un niño. Es fuerte, debes soltarlo. Esto le ayudará. Por otra parte, lo que podamos descubrir en esas bases... —Sebastian enmudeció, dejando que sus palabras quedaran suspendidas en el aire como un veneno.
Talia se volvió bruscamente, intentando dominar la irritación. Sebastian siempre sabía cómo provocarla, tocar sus puntos más vulnerables.
—El General Craven ya tiene preparado un batallón que se pondrá bajo tu mando —añadió él con despreocupación—. Tropas de élite de la GMA. Composición mixta: humanos y vampiros.
Talia se quedó inmóvil. Se volvió lentamente, sus ojos verdes se entrecerraron, estudiándolo.
—Has planeado todo esto de antemano. ¿Verdad? Solo estabas esperando el momento adecuado para presionarme.
—¿Qué esperabas? La guerra no espera —se encogió de hombros y continuó—. Tendrás acceso total a los recursos de la GMA. Lo que pidas... será tuyo.
Talia sintió cómo su ira se mezclaba con una admiración reticente por la forma en que Sebastian había preparado su trampa. Sabía exactamente lo que hacía: le ofrecía poder, autonomía y la oportunidad de usar sus habilidades. Y lo peor era que ella empezaba a ver la lógica en sus argumentos.
—De acuerdo —se pasó los dedos por su cabello negra, alborotándola ligeramente—. Pero tengo condiciones.
Sebastian se reclinó sobre su escritorio, cruzando los brazos. La esperaba.
—Te escucho.
—Acceso total a los datos de inteligencia. Todo lo que tengas sobre las bases —ella alzó una mano, interrumpiendo su intento de réplica—. Y autonomía absoluta en el mando. Ninguna injerencia tuya o de Craven.
—Por supuesto —asintió un poco demasiado rápido. Algo brilló en sus ojos. Algo triunfal.
Talia captó el leve temblor en la comisura de su boca –esa huella apenas perceptible de satisfacción que no logró ocultar–. Su estómago se hizo un nudo.
Se acercó a él, sus sentidos telepáticos se agudizaron, intentando captar el más mínimo rastro de engaño. Pero, como siempre, la mente de Sebastian era como un muro pulido –impenetrable, frío e inaccesible–.
—Si esto es una trampa, Sebastian —su voz bajó hasta un susurro, frío como un viento ártico—, te arrepentirás de haberme subestimado. Quizás sea hora de mostrarte por qué no se debe uno meter con una lemuriana.
—Oh, querida, aún recuerdo nuestro primer encuentro hace siglos —sus labios se curvaron en esa media sonrisa tan característica suya –a la vez encantadora y amenazante–. En sus ojos brilló algo que no pudo definir –quizás burla, quizás expectación—. No me atrevería.
Talia esperó, y él siguió mirándola, sopesándola. Un leve temor se arrastró hasta su corazón –no por Sebastian, sino por lo que ella misma podría llegar a ser si se dejaba usar.
El aire en la sala de control del Nido palpitaba, no por la energía espectral de las máquinas lemurianas, sino por la tensión que Talia portaba como un peso invisible pero tangible. Oprimía sus hombros, le oprimía el pecho y ahogaba cualquier espontaneidad. Frente a las inmensas pantallas holográficas que ocupaban una pared, se sentía a la vez poderosa e impotente: capaz de comandar ejércitos, pero aplastada por su propia responsabilidad. Mapas, esquemas, análisis: un caos digital en el que solo ella podía encontrar el orden salvador. Los datos que Aria había proporcionado sobre las bases xilarianas giraban en las pantallas como una tormenta electrónica: imágenes satelitales de alta resolución, mapas térmicos, escaneos topográficos, superponiéndose unos sobre otros hasta convertirse en un laberinto indescifrable de información.
Sus dedos, largos y elegantes pero ásperos y cubiertos de cicatrices de batalla, se cernían sobre el panel de control. Con un movimiento brusco, amplió la escala y una enorme cadena montañosa llenó la pantalla central. En su base, en el espectro infrarrojo, apenas perceptible, como un fantasma, una entrada, oculta como una cueva natural, engullida por la oscuridad.
—Astutos... —murmuró, golpeteando la consola con los dedos—. Típico de ellos. Siempre un paso por delante. —Su voz era un áspero susurro, perdido en el zumbido apagado de los servidores. Sus ojos, verdes como olas marinas rompiendo contra rocas, evaluaban cada detalle.
La pantalla adyacente mostraba un mapa térmico del área, teñido con siniestros tonos de rojo y naranja. Talia entrecerró los ojos, intentando separar la verdad de la apariencia. Bajo la superficie, muy abajo, palpitaban anomalías. Las firmas de calor eran demasiado organizadas, demasiado ordenadas para ser obra de la naturaleza ciega. Era como si alguien hubiera dibujado un laberinto con una barra de hierro al rojo blanco y ahora el calor se filtrara hacia arriba, hacia la superficie expectante.
Otra mirada, otro nivel de abstracción. Un esquema de los niveles subterráneos, reconstruido a partir de los fragmentos de información que Aria había arriesgado su vida para reunir. Kilómetros de túneles, salas espaciosas, un laberinto de incertidumbre donde la muerte acechaba en cada esquina. Un frío apretón le oprimió el pecho, arrancándole el aire de los pulmones.
—¿Qué más ocultan? —susurró, notando un regusto amargo en la boca.
Su mirada se posó en el terminal de comunicaciones, un objeto pequeño y negro que la desafiaba. Sus dedos se inmovilizaron sobre el botón de conexión. Debía hablar con Aria. Quería preguntarle no tanto por los datos fríos, sino por la siniestra sensación que los acompañaba: un dolor sordo, un eco de una herida antigua y sin cicatrizar. Pero algo se lo impedía. Algo más que la precaución habitual, algo más profundo y oscuro. Una sensación de una sombra inminente que danzaba en la periferia de su visión, amenazando con engullirla.
Aun así, pulsó el botón y esperó a que el canal cifrado crepitara y estableciera la conexión. La imagen holográfica de Aria brilló sobre la consola, bañando la sala en una espectral luz azulada que acentuaba las sombras bajo sus ojos. Talia notó inmediatamente el agotamiento grabado en los rasgos de su amiga, que esta intentaba ocultar con esfuerzo. Sus ojos estaban hundidos, su piel, pálida como el pergamino. En las comisuras de sus labios habían aparecido finas arrugas que temblaban de forma imperceptible, delatando el cansancio que trataba de esconder. Pero en sus pupilas ardía un fuego extraño, algo a medio camino entre un doloroso placer y alivio.
—Veo que estás agotada. Supongo que la operación fue un éxito —preguntó Talia, intentando mantener su voz neutral, pero notando cómo su corazón latía acelerado. Quería oír la respuesta, pero le daba miedo, porque sabía que las emociones volverían como un bumerán a Aria.
Aria asintió, leve y lentamente.
—Sí. —Aria pasó lentamente una mano por su cabello, como intentando ahuyentar recuerdos intrusivos—. Penetramos en la sección militar de la base de Australia. Fue... —Tragó con dificultad, su mirada se nubló por un momento—... espantoso.
Talia se recostó en su silla, permitiendo que el respaldo absorbiera parte de la tensión.
—Cuéntame —la instó.
Aria inhaló profundamente.
—¿Por dónde empezar...? —La mirada de Aria vagaba, enfocada en algún lugar más allá de las paredes de la sala de control. Un leve temblor recorrió su cuerpo—. El perímetro exterior era... —Hizo una breve pausa, como para encontrar las palabras correctas—... un gallinero enloquecido, lleno de gallinas robóticas furiosas, bombeadas con esteroides. Patrullaban al azar, sin lógica, sin sentido. Pura lotería. —Apretó los puños hasta blanquearlos—. La suerte fue nuestra única aliada. Pero ni siquiera exploramos toda la zona.
Mientras ella hablaba, los hologramas alrededor de Talia comenzaron a parpadear, mostrando fragmentos de la operación: movimientos relámpago, explosiones, luces rojas apagadas danzando sobre superficies metálicas frías, sombras sangrientas, rostros distorsionados, gritos ahogados por explosiones. Sus manos trabajaban rápidamente, extrayendo información útil de ese caos.
—Luego vinieron los sistemas de armas automáticas. Torretas láser ocultas en las paredes, drones que responden al calor, al sonido. Un infierno paranoico —continuó Aria. En su voz se percibía una nota apenas perceptible de amargura.
Nuevos puntos rojos aparecieron en el esquema, marcando las posiciones de los sistemas de armas como siniestras constelaciones de muerte. A12 añadió anotaciones adicionales, delineando las probables trayectorias de disparo y las zonas muertas, convirtiendo el mapa holográfico en una compleja red de amenazas.
—Y lo más importante... —Aria vaciló, como luchando contra un conflicto interno. Frunció ligeramente el ceño y se mordió el labio inferior—. Usamos información proporcionada por Vril'tos.
El nombre quedó suspendido en el aire como una maldición. Talia lo anotó mentalmente, sometiéndolo a un análisis despiadado.
—Los códigos de acceso de Vril'tos... lograron engañar al sistema. El xilariano resultó útil. Su conocimiento de los protocolos xilarianos nos ahorró horas que no teníamos.
Talia asintió, anotando mentalmente el uso potencial de Vril'tos en futuras operaciones. ¿Valía la pena el riesgo? ¿Confiar en ese xilariano? Era un prisionero, capturado en esa misma base. No, no en la sección militar, cuya existencia desconocían hasta hace poco. ¿Por qué Aria había decidido confiar en él? Las dudas se acumulaban en su conciencia. Incluso si no confiaba plenamente en Vril'tos, no podía negar que su información les había ganado un tiempo precioso.
—Mientras tanto —prosiguió Aria— Darren jugueteó con la red de comunicaciones de los xilarianos. Tuvo que ser rápido, porque...
—El sistema comenzó a adaptarse —terminó Talia. Líneas rojas comenzaron a extenderse por el esquema de la base como células cancerígenas, intentando bloquear su acceso, aislarlos, destruirlos. Talia se inclinó hacia adelante, analizando el movimiento de los protocolos de defensa, intentando predecir su próximo movimiento—. La IA de la base era más adaptable de lo que suponíamos. Cerraba puertas una tras otra, intentando aislarnos.
—Exactamente. Pero Darren logró mantener la conexión, ¿verdad?
Aria asintió.
—Darren nació para hackear redes xilarianas. Usa la matriz cuántica para crear un túnel estable entre el implante de Vril'tos y el sistema principal. Eso nos permitió permanecer conectados, a pesar de todo.
Talia revisó rápidamente los datos de los protocolos de defensa en su tableta, evaluando la amenaza.
—Es cierto. Sebastian tiene razón. Debemos actuar antes de que refuercen las defensas —concluyó ella, mirando de nuevo a Aria—. ¿Cuánto tiempo crees que tenemos antes de que sus sistemas se adapten completamente a nuestros métodos?
Aria exhaló.
—Si están en comunicación... Como máximo una semana, antes de que se vuelvan impenetrables.
Una semana. El tiempo se derretía. Sus dedos trazaron líneas nerviosas en el borde de la consola. Se volvió para mirar hacia la mesa de conferencias, abarrotada de informes y proyecciones holográficas. Necesitaba un plan que inclinara las probabilidades a su favor. Aria tenía razón, un ataque unilateral no funcionaría.
—Necesito pensar —susurró. No podía permitirse un error. Esta vez no.
Talia se puso de pie y comenzó a caminar frente a las pantallas holográficas.
—Aria, ¿qué más tenemos? ¿Algo sobre las otras bases?
—Hemos identificado otras cinco ubicaciones potenciales. —Aria marcó los puntos en el mapa con movimientos rápidos de la mano—. Dos en Sudamérica, una en África, una en Asia y... —Vaciló antes de terminar—... una, quizás más pequeña, en Norteamérica. Demasiado cerca de casa.
Talia apretó los labios, su mirada se deslizó por el mapa, siguiendo líneas invisibles entre los puntos. Sus dedos tamborileaban en el borde de la mesa con un ritmo irregular.
—¿Lo ves? —susurró más para sí misma—. No son aleatorias. Forman una pentagrama. Un símbolo antiguo de poder. —Sus ojos brillaron—. Así que así es como jugaremos. Bien. Responderemos con sus propias piedras. Táctica divisional. Dispersamos las fuerzas. Atacamos simultáneamente. Si quieren un ritual, les daremos un ritual.
Aria pareció sorprendida.
—Talia, eso es un suicidio. Si algo sale mal en una de las ubicaciones...
—Lo sé —la interrumpió Talia—. Precisamente por eso no tenemos opción. Si atacamos solo una base, las demás se activarán y perderemos el impulso que hemos ganado. Debemos golpear rápido y fuerte, antes de que se atrincheran.
Aria guardó silencio un momento.
—Quizás es demasiado arriesgado. Puedes aislar las bases y atacarlas una por una. Solo piénsalo, no te apresures.
—El tiempo es un lujo que la Tierra no puede permitirse. —Talia apartó un rebelde mechón de cabello con un gesto que revelaba más impaciencia de la que pretendía—. Empezaré de inmediato. —Activó el protocolo de comunicación con un toque rápido—. ¿Está libre Darren? Necesito al mejor hacker de la GMA para lo que se avecina.
—No. —Aria evitó la mirada de Talia, su pulgar trazaba nerviosamente círculos invisibles en el borde de la consola holográfica—. Él está... —Calló, sopesando cada palabra. Cuando volvió a mirar la pantalla, sus iris palpitaban en un intenso violeta—. Conoces las reglas, Talia. Algunas operaciones permanecen en la sombra incluso para ti.
Talia entrecerró los ojos.
¿Qué está ocultando Aria? ¿Cuál es esa tarea que no puede compartir? ¿Será ese secreto la razón del cambio en su comportamiento?
—¿Y Vril'tos? ¿Puede proporcionarnos información adicional sobre los protocolos y sobre ese implante del que leí en tu informe?
Aria pareció incómoda.
—Lo siento. Pero no puedo ponerte en contacto con él. Pediré a Darren que recomiende un equipo para trabajar con la matriz cuántica.
—Entendido. —Talia anotó algo en su tableta, evitando la mirada de Aria—. Veré qué puede ofrecer Sebastian. —Guardó silencio, antes de añadir con voz más baja—: La GMA ya ha puesto todas sus cartas sobre la mesa. Esperemos que sea suficiente.
Mientras Aria se preparaba para cortar la comunicación, Talia añadió, intentando suavizar su tono:
—Y Aria... ten cuidado. Sé que estás agotada por la última operación, o por lo que... estás haciendo allí con Darren, pero te necesitaremos entera.
Aria sonrió.
—No te preocupes por mí. Saldré adelante. Pero después, cuando todo termine, me acostaré a regenerarme en alguna cámara de estasis durante al menos una semana.
—La idea no es nada mala. —Talia sonrió y cortó la comunicación.
El holograma se apagó y Talia se quedó sola en el centro de control, rodeada por los reflejos espectrales de las próximas acciones bélicas. El peso de la tarea inminente cayó sobre sus hombros. No había tiempo para vacilaciones, no había tiempo para dudas.
Con un movimiento suave de la mano, Talia activó la interfaz hacia A12. La inteligencia artificial cobró vida frente a ella, emitiendo su familiar resplandor azulado.
—A12, activa el protocolo analítico alfa-siete. Prioridad: firmas energéticas tipo xilarianas, análisis comparativo con la base de Australia.
—Inicializando protocolo analítico alfa-siete. Los datos prioritarios han sido puestos en cola. Evaluación preliminar: filtrado de señales no válidas: 37 minutos, 12 segundos con la capacidad disponible actual.
El mapa holográfico del mundo frente a ella se llenó gradualmente de puntos parpadeantes. Talia observó con atención, analizando cada punto, evaluando las probables defensas y enfoques de infiltración.
—Muéstrame las anomalías térmicas alrededor de este punto aquí —señaló una de las ubicaciones en una zona montañosa cubierta de nieve—. Los patrones energéticos me parecen familiares.
Mientras A12 ejecutaba su petición, Talia se frotó las cansadas sienes.
—Estos patrones... —Talia entrecerró los ojos mientras deslizaba la imagen entre sus dedos—. ¿Has visto algo similar, A12? —Señaló el punto rojo pulsante—. Filtra por fluctuaciones cuánticas. Patrón australiano. Algo aquí no encaja.
—Ejecutando. Se han detectado tres ubicaciones con características similares. Analizando datos geológicos para confirmación.
Mientras A12 trabajaba, Talia observó un punto particularmente interesante: una mina abandonada, ubicada en lo profundo de las montañas.
—Esta mina es sospechosa. Los flujos de energía son como los antiguos sistemas de defensa lemurianos. ¿Acaso los xilarianos han copiado nuestras viejas tecnologías?
Marcó la ubicación de la mina en el mapa holográfico, colocándola en primer lugar en la lista de tareas.
Talia llamó al holograma que mostraba la armada, cerniéndose sobre la Tierra más allá de la órbita de Saturno.
—¿Cuánto tiempo nos queda, A12?
—Siete días.
Talia asintió sombríamente.
Siete días. Solo siete días para preparar, localizar y asaltar bases militares subterráneas automatizadas del imperio xilariano. Maravilloso, pensó con una sonrisa irónica.
—A12, empezamos con la base en las montañas. Si logramos tomarla rápidamente, quizás obtengamos información que nos ayude con las demás.
Talia clavó la mirada en las proyecciones holográficas que llenaban la sala de mando del Nido.
—En su informe, Vril'tos afirma que las bases son uniformes, ¿verdad?
—Sí.
—¿Has analizado los datos de la base australiana?
—Cada detalle, cada grieta, cada sombra.
—Simula la penetración inicial en la base de las montañas, usando los datos de Australia.
El holograma cobró vida.
—Aumenta los sistemas de defensa, muéstrame qué nos espera.
Líneas rojas aparecieron en el mapa, representando torretas láser, lanzamisiles y drones.
—A12, simula un escenario usando dispositivos de IEM para neutralizar los sensores externos. Quiero ver qué pasa.
La inteligencia artificial procesó rápidamente el comando.
—De acuerdo, pero eso no será suficiente para los sistemas internos. Necesitamos una forma de engañar a la IA de la base, como hicieron en Australia. Conéctame con Darren.
Tras unos segundos, la imagen holográfica del vampiro-hacker apareció frente a ella.
—Te necesito. Proyéctame una matriz cuántica, como la de Australia, para poder conectarme al implante de Vril'tos, incluso si la IA intenta aislarnos.
Darren sonrió, sus dientes brillaron como cuchillas. Sus ojos centellearon ante el desafío.
—Para ti, cariño, haré maravillas. —Su voz vibraba con una nota depredadora—. ¿Una o dos horas? Por favor. La matriz cuántica corre por mis venas. Dame café de verdad, no la porquería que tomo aquí, y haré que los códigos bailen en treinta minutos.
Talia asintió levemente, esbozando una sonrisa.
—Excelente. Envíame las especificaciones en cuanto las tengas. Tendremos que integrar el dispositivo en el plan de ataque si queremos tener una oportunidad.
Talia se volvió de nuevo hacia el mapa holográfico.
—A12, simula un escenario usando la matriz cuántica de Darren para mantener la conexión con el implante de Vril'tos. ¿Cuáles son los riesgos?
—Riesgo calculado: 78.3%. No recomiendo esta línea de acción. El sello neuronal de Vril'tos demuestra un patrón inestable, los parámetros se desvían de las normas permisibles.
—¿Sugerencias?
—Puedo simular una matriz similar e implementarla en una de las IAs no comprometidas en este momento. Será más seguro y eficiente.
—¿Qué quieres decir?
—Acqualoria. La base en la Fosa de las Marianas. Allí ya está activada la IA central.
Talia cerró los ojos un momento. Timothy. Hace un mes había logrado lo imposible: abrir Acqualoria, la base submarina secreta de los lemurianos.
Recordó la emoción en su voz cuando se lo había contado.
Ahora, un mes después, Acqualoria volvía a la plena funcionalidad. También habían encontrado cinco IAs completamente operativas. Más débiles que A12, pero suficientes.
—¿Servirá?
—Mucho mejor que Vril'tos, y la IA seleccionada estará bajo mi supervisión. Solo necesito la matriz que proyectará Darren.
—Excelente. Simula entonces. Muéstrame cómo funcionaría en condiciones reales.
La nueva simulación mostraba cómo el equipo lograba penetrar más profundamente en la base, sorteando muchas de las defensas internas, usando una IA de Acqualoria como proxy.
Talia sonrió. El plan comenzaba a tomar forma.
—Vamos a necesitar equipo especial...