Excerpt from Azul Ancestral

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CAPÍTULO -1-

Arya contemplaba el mapa holográfico de Guvateri mientras los puntos rojos, cada uno representando miles de vidas perdidas, cubrían la otrora vibrante ciudad.

—Cinco millones de muertos en seis horas —susurró, sus dedos temblando sobre el panel de control.

En algún lugar allá abajo, entre las ruinas y las cenizas, se ocultaba su única esperanza: la llave del sistema defensivo de la Atlántida. Una repentina explosión sacudió la nave. En la pantalla apareció una advertencia sobre cazas enemigos aproximándose.

—Ahora no —gruñó Arya—. Estoy demasiado cerca.

Aferró los controles. No había vuelta atrás. O encontraba la llave, o los Xylar'n destruirían todo lo que amaba.

La nave se zambulló, atravesando la cortina de humo sobre Guvateri. Arya luchaba con los mandos mientras los sistemas aullaban sus advertencias. Ignoró las alarmas, concentrándose únicamente en el terreno bajo ella.

—Vamos, ¿dónde estás? —murmuraba, sus ojos recorriendo febrilmente las ruinas.

Una nueva ráfaga de fuego enemigo iluminó el cielo tras ella. Arya giró bruscamente la nave, esquivando por un pelo el rayo mortal. Su corazón latía desbocado, la adrenalina pulsando en sus venas.

De repente, entre el caos de la destrucción, lo vio: un destello del pasado que parecía fuera de lugar. Un edificio común de piedra, casi intacto en el mar de escombros.

—Es ahí —susurró Arya, sintiendo cómo la esperanza se alzaba en su pecho—. Tiene que estar allí.

Dirigió la nave hacia el edificio, ignorando las advertencias del ordenador de a bordo sobre daños críticos. No importaba si la nave sobrevivía al aterrizaje. Lo único que importaba era la llave.

Mientras se acercaba al suelo, Arya echó un último vistazo al mapa holográfico. Los puntos rojos habían aumentado, cubriendo casi toda la ciudad.

—Por vosotros —murmuró, pensando en todas las vidas perdidas—. No permitiré que vuestro sacrificio sea en vano.

Con un estruendo ensordecedor, la nave se estrelló contra el suelo, deslizándose por el pavimento hasta detenerse en el único espacio disponible, a dos manzanas del pequeño edificio. Arya se desabrochó los cinturones de seguridad con manos temblorosas y se puso en pie.

Era el momento. El instante que determinaría el destino de toda su civilización.

Con un profundo suspiro, abrió la escotilla de la nave y se adentró en las humeantes ruinas de Guvateri. Arya se lanzó hacia el pequeño edificio, pero una repentina ráfaga de armas energéticas la obligó a tirarse al suelo. Una patrulla Xylar'n la había avistado.

—¡Maldición! —masculló, rodando tras un montón de escombros.

Observó su entorno y echó a correr entre las ruinas, zigzagueando para evitar el fuego enemigo. Su corazón martilleaba en su pecho mientras saltaba obstáculos y se deslizaba por estrechas brechas entre los escombros.

Tengo que llegar al edificio, pensaba, oyendo las pesadas pisadas de sus perseguidores tras ella. Un disparo láser silbó junto a su oreja, tan cerca que casi chamuscó su cabello plateado. Arya se ocultó, lanzándose tras los restos de un muro derruido. Respiraba pesadamente. La adrenalina pulsaba en sus venas, agudizando sus sentidos al máximo.

—Piensa, piensa. Vamos, piensa —se susurró a sí misma.

Echando un rápido vistazo, divisó un estrecho pasaje entre dos edificios semiderruidos. Sin dudarlo, se lanzó hacia allí, saltando montones de escombros y esquivando vigas metálicas sobresalientes.

Tras ella, las voces de los Xylar'n se hacían más fuertes. Oyó cómo su comandante gritaba órdenes en su gutural idioma.

—¡Rodéenla! ¡No la pierdan de vista!

Arya apretó los dientes. No permitiría que la atraparan. No cuando estaba tan cerca de su objetivo. El pasaje se estrechaba, obligándola a deslizarse de lado. Los bordes afilados de las paredes destruidas arañaban sus brazos y rostro, pero ignoraba el dolor. Cada segundo contaba.

Tras tres o cuatro metros, se abrió ante ella un espacio abierto: una plaza antaño bulliciosa, ahora cubierta de cráteres y restos humeantes. Arya vaciló un momento. Cruzar ese espacio abierto la convertía en un blanco fácil. Pero no tenía elección. El edificio que buscaba se veía al otro lado de la plaza.

Tomando una profunda bocanada de aire, Arya se lanzó hacia adelante. Sus pies volaban sobre la superficie irregular mientras esquivaba ágilmente los cráteres y escombros.

El aire se llenó inmediatamente con el silbido de disparos láser. Los Xylar'n la habían avistado de nuevo.

—Vamos, vamos, vamos —se susurraba Arya, forzando sus piernas a moverse aún más rápido.

Un disparo impactó en el suelo justo frente a ella, lanzando al aire una nube de polvo. Arya trastabilló, casi perdió el equilibrio, pero logró mantenerse en pie y continuó.

Había recorrido la mitad del camino cuando oyó el siniestro sonido de una nave aproximándose. Mirando hacia arriba, vio una nave de combate Xylar'n de clase media descendiendo hacia ella.

—Diablos —gruñó.

La nave disparó una andanada de proyectiles energéticos que impactaron en el suelo alrededor de Arya, lanzándola por los aires. Rodó por el suelo, sintiendo cómo el aire escapaba de sus pulmones por el impacto. Por un momento, el mundo giró a su alrededor, los sonidos de la batalla se amortiguaron. Pero Arya sabía que no podía permitirse quedarse en el suelo ni un segundo. Con un esfuerzo de voluntad, se puso en pie, ignorando el dolor de su cuerpo magullado. El edificio estaba a solo diez metros de ella.

—Vamos, solo un poco más —se animó.

Tambaleándose, continuó adelante. Tras ella oía los gritos de los soldados Xylar'n aproximándose. Sobre ella, la nave de combate se preparaba para un nuevo ataque.

En un último sprint desesperado, Arya se lanzó hacia adelante. Los disparos láser caían a su alrededor como una lluvia mortal, pero de alguna manera lograba esquivarlos. Justo cuando pensaba que no lo lograría, Arya se lanzó a través de la puerta semiderruida del edificio. Rodó hacia el interior, justo cuando una nueva andanada de la nave impactaba en el lugar donde había estado un segundo antes.

Jadeante, con el corazón desbocado, Arya se puso en pie. Lo había logrado. Estaba dentro del edificio. No había tiempo para descansar. Oía a los Xylar'n aproximándose a la entrada. Debía encontrar rápidamente la llave y pensar en un plan de escape. Con manos temblorosas, sacó el pequeño dispositivo de rastreo que llevaba consigo. Debía conducirla hasta la ubicación exacta de la llave.

—Vamos, muéstrame dónde está —susurró, activando el dispositivo.

Mientras esperaba que la señal se estabilizara, Arya aguzó el oído. Las pisadas de los Xylar'n se acercaban. Se le acababa el tiempo.

El dispositivo de rastreo en la mano de Arya comenzó a pulsar, señalando hacia la parte trasera del edificio y hacia abajo, hacia los niveles subterráneos. Con el corazón acelerado, se deslizó por el corredor, evitando las vigas caídas y los montones de escombros.

—Por favor, que esté aquí —susurraba entre sus labios polvorientos, aferrando el dispositivo con mano ligeramente temblorosa.

Llegó hasta una maciza puerta metálica, semiabierta y deformada por una explosión. Se deslizó por la estrecha abertura, arañándose los brazos con los bordes dentados. Descendió por el corredor en espiral y pronto se encontró en una espaciosa sala, probablemente una antigua sala de control. Ahora era un caos total: consolas destrozadas, cables chispeantes y montones de escombros cubrían el suelo.

El dispositivo la guiaba hacia el rincón más alejado de la sala. Arya se movía con cautela, cuidando de no pisar sobre superficies inestables.

La señal se hizo más fuerte. Estaba cerca.

—Ahí estás —susurró Arya, notando un pequeño nicho en la pared.

Con manos temblorosas, despejó los escombros frente al nicho. Su corazón latía frenéticamente por la anticipación y el miedo.

Pero cuando miró dentro, sintió cómo su sangre se helaba.

El nicho estaba vacío.

—No —casi gritó, incrédula—. ¡No, no, no!

Arya comenzó a hurgar frenéticamente entre los restos alrededor del nicho, esperando que la llave simplemente se hubiera caído durante la explosión.

—Tiene que estar por aquí en alguna parte —murmuraba, ignorando el dolor de los cortes en sus manos.

Los segundos pasaban y la llave no aparecía. La desesperación comenzaba a apoderarse de ella.

De repente oyó ruido desde la entrada del edificio. Los Xylar'n habían entrado.

—Maldita sea —siseó Arya, buscando una salida con la mirada.

No había tiempo para continuar la búsqueda. Tenía que salir de allí. Notó una pequeña abertura de ventilación en lo alto de la pared. Era arriesgado, pero no tenía otra opción. Se trepó por un montón de escombros, alcanzando la abertura. Con esfuerzo logró abrir la rejilla y deslizarse dentro justo cuando el primer soldado Xylar'n entraba en la sala.

Arrastrándose por el estrecho túnel, Arya intentaba asimilar el impacto de su fracaso.

¿Cómo es posible?, pensaba. ¿Dónde puede estar la llave? Las pistas conducían hasta aquí.

Recordó las palabras de su comandante antes de la misión: "Arya, esta llave es nuestra única esperanza. Sin ella, el sistema defensivo del Sistema Solar es inútil."

La culpa la invadió. Había defraudado a todos.

Pero ahora no había tiempo para autocompasión. Tenía que salir de allí y pensar en un nuevo plan.

Tras varios minutos de angustioso arrastre, Arya alcanzó la pared exterior del edificio. De una patada derribó la rejilla y salió al exterior, cayendo pesadamente al suelo. Se orientó rápidamente. No había rastro de los Xylar'n, pero sabía que eso no duraría mucho.

—Piensa, Arya —se dijo—. ¿Dónde se la habrán llevado, dónde podría estar la llave?

Y entonces la inspiración la golpeó. Recordó el plan de evacuación y la base que su mentor le había mencionado: un pequeño puesto avanzado oculto en las montañas.

—Por supuesto —susurró—. Deben haberla llevado allí.

Pero la base estaba lejos, y su nave se encontraba a dos manzanas al otro lado de la plaza. Arya apretó los dientes. No se rendiría tan fácilmente.

—Bien, nuevo plan —se dijo—. Primero, volver a la nave. Después, hacia las montañas.

Con una última mirada al edificio donde esperaba encontrar la llave, Aria se precipitó a través de las ruinas de Guvateri. Sabía que sus posibilidades eran escasas. Sabía que probablemente se dirigía directamente hacia una trampa. Pero no tenía elección. El destino de la Atlántida y la Tierra dependía de ella. Encontraría la llave, costara lo que costase.

Aria corría por las ruinas de Guvateri, respirando pesada y entrecortadamente. Tras ella resonaban los gritos de los soldados Xylar'n que la perseguían. Cada paso la acercaba más a su nave, su única oportunidad de escape.

—Vamos, solo un poco más —susurró, saltando sobre un montón de escombros.

De repente, el suelo frente a ella explotó por una descarga de armas energéticas. Aria se lanzó a un lado, rodando tras los restos de un dron de combate destrozado.

—Demasiado cerca —gruñó, asomándose por encima de su refugio.

Un grupo de cinco Xylar'n se acercaba, con sus armas apuntando a su posición. Aria apretó los dientes. No llegaría a la nave sin luchar. Con un movimiento rápido, sacó una pequeña esfera de su cinturón: su única granada de luz. La activó y la lanzó hacia los enemigos que se aproximaban.

Una luz cegadora inundó la plaza, seguida por los gritos confusos de los Xylar'n. Aria no esperó ni un segundo más. Salió disparada de su escondite y corrió hacia la nave, que ya se divisaba en la distancia.

Los disparos láser silbaron a su alrededor, pero la confusión de sus enemigos hacía que su puntería fuera imprecisa. Por fin alcanzó su nave. Sus dedos teclearon frenéticamente el código para abrir la escotilla. Los segundos que tardó la puerta en abrirse le parecieron una eternidad.

—Vamos, vamos —murmuró, mirando hacia atrás a los Xylar'n que se acercaban.

Con un suave siseo, la escotilla se abrió. Aria se lanzó dentro justo cuando una nueva descarga de rayos láser impactó contra el casco de la nave.

Sin perder tiempo, se arrojó al asiento del piloto e inició la secuencia de despegue. Los motores rugieron, la nave se estremeció.

—Vamos, pequeña —susurró Aria, acariciando el panel de control—. Sácanos de aquí.

La nave se elevó en el aire, dejando a los furiosos Xylar'n en tierra. Aria suspiró aliviada, permitiéndose relajarse por un momento. La aceleración la pegó al asiento mientras el paisaje se difuminaba a su alrededor. Volaba sobre el océano. Sonrió y por primera vez en horas sintió una chispa de esperanza. Casi se alegró cuando vio la costa y las montañas.

Pero su alegría fue efímera.

Una explosión repentina sacudió la nave. Las alarmas comenzaron a sonar y las luces rojas parpadearon en el tablero.

—¿Qué está pasando? —gritó Aria, intentando mantener el control.

El ordenador de la nave respondió con voz mecánica:

—Daño crítico en el motor izquierdo. Pérdida de potencia. Se recomienda aterrizaje inmediato.

—Ahora no —gimió Aria—. Aguanta un poco más.

Examinó frenéticamente el mapa. Su mirada encontró el pequeño punto en las montañas: el puesto avanzado secreto.

—Hasta allí —se dijo—. Tenemos que llegar hasta allí.

Pero la nave perdía altura rápidamente. Una estela de humo se extendía tras ella, delatando su posición. Aria aferró los controles, poniendo a prueba todas sus habilidades como piloto. Tenía que equilibrar entre mantener suficiente altura y evitar el posible fuego enemigo.

—Vamos, pequeña —suplicó a la nave—. Solo un poco más.

Las montañas se acercaban, pero también el suelo bajo ellos se aproximaba cada vez más. Aria sabía que sería por los pelos. Con un estruendo ensordecedor, el motor izquierdo se incendió, dejando una estela de fuego tras de sí. La nave giró sin control, cayendo hacia tierra. Aria luchó con los controles, intentando nivelar el vuelo. En el último momento logró enderezar parcialmente la nave. Pero el suelo ya estaba demasiado cerca.

Con un estruendo ensordecedor, la nave se estrelló contra la ladera de la montaña, deslizándose por el terreno pedregoso. Las chispas y los escombros volaban en todas direcciones. Finalmente, con un último gemido de metal, la nave se detuvo.

Por un momento reinó un silencio absoluto. Luego Aria se movió, gimiendo de dolor. Estaba viva. De alguna manera había sobrevivido al accidente. Pero ahora los Xylar'n vendrían a buscarla. A ella y al núcleo energético de la nave. Y estaba sola, herida. Con un esfuerzo de voluntad, Aria se arrastró fuera de la nave destrozada, cada movimiento enviaba oleadas de dolor por todo su cuerpo. Echó un vistazo rápido, evaluando la situación.

Su nave yacía destrozada en la ladera de la montaña, dejando un largo surco removido. El humo se elevaba desde el casco desgarrado, y los restos dispersos cubrían el suelo alrededor.

—Bien —se susurró a sí misma—, primero, evaluar los daños.

Cojeando, Aria rodeó los restos de la nave. El motor izquierdo estaba completamente arrancado, y el derecho humeaba siniestamente. El casco estaba aplastado en varios lugares, revelando los sistemas internos.

—No volaremos pronto —suspiró.

Un sonido repentino en la distancia la hizo quedarse inmóvil. Miró hacia arriba y vio varias naves de combate Xylar'n sobrevolando el cielo.

—Me están buscando —se dio cuenta Aria—. Tengo que salir de aquí.

Rápidamente volvió a la nave, agarró la pequeña esfera de energía, tomó su kit de emergencia y algunas armas. Luego, con una última mirada triste a su fiel nave, se volvió hacia la empinada ladera de la montaña.

—Bien, el puesto avanzado debe estar por ahí arriba —se dijo, escrutando el terreno rocoso—. Solo tengo que encontrarlo antes de que los Xylar'n me encuentren a mí.

Aria comenzó el ascenso. Deseaba poder ir más rápido, pero cada paso atravesaba su cuerpo magullado con una oleada de dolor. Apretaba los dientes y seguía adelante. No había tiempo para descansar.

Después de aproximadamente una hora de escalada, se detuvo un momento para recuperar el aliento. Miró hacia atrás y vio las naves Xylar'n. Sobrevolaban el lugar del accidente, y una había aterrizado junto a los restos.

—Más rápido —susurró—. Tengo que moverme más rápido.

Justo entonces notó algo extraño en la roca frente a ella. Una pequeña hendidura, casi imperceptible, que parecía demasiado regular para ser natural. Su corazón comenzó a latir más rápido. ¿Podría ser esta la entrada al puesto avanzado?

Aria se acercó, examinando cuidadosamente la roca. Sus manos palpaban la superficie, buscando algún mecanismo o cerradura. Se concentró y sus dedos encontraron una pequeña protuberancia. Sin dudar, la presionó.

Con un suave silbido, parte de la roca se deslizó a un lado, revelando una estrecha entrada.

—Vaya —sonrió Aria y miró a su alrededor.

Y justo a tiempo. Tras ella, con un rugido penetrante de motores, un scooter de combate Xylar'n descendía hacia ella.

Sin perder tiempo, casi instintivamente, Aria se lanzó a través de la entrada. La roca tras ella comenzó a cerrarse, pero no lo suficientemente rápido. Un disparo láser atravesó el aire, alcanzándola en el hombro justo antes de que la puerta se cerrara por completo.

Aria gritó de dolor, cayendo de rodillas en el oscuro corredor. Por un momento el mundo giró a su alrededor, el dolor nubló su consciencia.

Con un esfuerzo de voluntad, Aria se puso de pie. No podía permitirse perder el conocimiento. No aquí, no ahora. Sacó una pequeña linterna de su kit de emergencia e iluminó el corredor frente a ella.

Un estrecho pasaje conducía hacia el interior de la montaña. Evidentemente había llegado a alguna entrada de reserva o quizás de servicio. En una pequeña placa junto a la puerta estaba grabado el número del puesto avanzado.

—Bien —susurró—. Al menos estoy en el lugar correcto.

Desde aquí comenzaba un corredor que conducía hacia el puesto principal, situado profundamente bajo tierra. Los estándares requerían que hubiera una consola cerca.

Hasta aquí bien. Ahora a conectar con la inteligencia de la base. Apoyándose en la pared, lentamente paso a paso, gimiendo de dolor, llegó hasta una pequeña sala donde vio una consola. Cerró la puerta tras ella. Cruzó la sala y dejó la esfera del núcleo energético en el pasillo que conducía a las profundidades de la base. Se sentó pesadamente frente a la consola. Se sorprendió levemente por el arcaico teclado con símbolos atlantes en lugar de acceso ADN. Pero sus dedos recordaron los hábitos adquiridos y comenzaron a introducir sus códigos personales.

Varios comandos después, Aria logró activar el sistema y obtener acceso. Pero antes de conectarse con la inteligencia, un ruido llegó a sus oídos que la heló. La puerta exterior del puesto avanzado se abrió bruscamente y llegó hasta ella el sonido de múltiples pisadas. Venían hacia ella. Aria rápidamente se apartó de la consola y se ocultó tras un escritorio. Agarró el mango de su cuchillo. Se preparó para el encuentro con el enemigo.

Los soldados Xylar'n irrumpieron en la sala. Examinaron la habitación.

Respira despacio. Aria se agachó. El rápido latido de su corazón resonaba en sus oídos. Uno de los soldados levantó la mano y gruñó a los demás. Aria nunca se consideró buena en el idioma del antiguo enemigo, pero aun así entendió claramente.

—Aquí hay una consola que funciona.

—Mira mejor, novato. Esto no puede ser verdad —gruñó uno más corpulento, con un uniforme algo diferente, que se había quedado junto a la puerta—. Los de inteligencia dicen que este agujero no funciona desde hace años.

—Puede que el Lemu se haya metido aquí.

—Cállate y no pienses. Compruébalo.

El primer Xylar'n se acercó a la consola y comenzó a examinarla. Aria evaluó rápidamente las opciones que tenía. Era consciente de que el tiempo que le quedaba era escaso. Debía actuar como un rayo. Se concentró, tocó el K'ara y expulsó el dolor de su cuerpo. Esto le costaría mucho, pero ya pensaría en el precio después. Tenía que sobrevivir para eso.

En el momento en que el soldado dio la espalda al escritorio, Aria saltó, abalanzándose sobre él. Logró sorprenderlo y lo inmovilizó contra el suelo.

—¡Lemu! —Logró gritar, pero su grito fue rápidamente ahogado cuando Aria lo agarró por la garganta.

—La curiosidad —murmuró ella— mató al gato. —Giró bruscamente su cabeza. Oyó el crujido de las vértebras y el cuerpo quedó inerte en el suelo.

Los demás soldados Xylar'n reaccionaron como un rayo, apuntando sus armas hacia ella. Aria se lanzó al suelo para esquivar los primeros disparos.

Se revolcó hacia un lado, esquivando las descargas de energía, y se refugió tras el tablero de un escritorio macizo a la izquierda del terminal. El caos se apoderó de la sala: disparos, gritos, explosiones que impactaban contra el equipamiento.

Estos son novatos, brilló un pensamiento salvador mientras Aria se asomaba ligeramente, grabando en su mente la posición de los soldados. Respira.

Inspiró profundamente y saltó de su escondite. Se lanzó al ataque con una combinación letal de velocidad, precisión y una daga afilada de veinticinco centímetros que había arrebatado del cinturón del soldado caído.

El primero que se encontró recibió una patada en el pecho, el segundo fue recibido con un puñetazo en la cara. Se precipitó entre los demás. Sus manos danzaban en espirales mortales constantes, desgarrando carne sin piedad.

Los soldados fueron cayendo uno a uno hasta que solo quedó Aria, agazapada en medio de la sala. Estaba salpicada de sangre, rodeada por los cadáveres de los soldados. Respiraba pesadamente. Sus ojos brillaban, aún sumergidos en la furia del combate. Estaba al límite.

—Esto también fue... por Talia —susurró Aria, contemplando los cuerpos de los Xylar'n caídos.

El recuerdo de su amiga perdida en batalla emergió en su consciencia. Talia, quien se había sacrificado para darle a Aria la oportunidad de escapar de los Guvateri el día anterior. "Encuentra la llave", habían sido sus últimas palabras antes de volver a la batalla. No permitió que el dolor por su amiga perdida la dominara.

La sala se sumió en el silencio, interrumpido únicamente por su respiración pesada y el suave crepitar de chispas de la electrónica. Aria se incorporó y rodeó el cadáver del último soldado caído. La vista le repugnaba.

—Tanta sangre... Pero no tuve otra opción.

Un ruido tras ella la hizo girar instintivamente, lanzándose hacia un lado. Un soldado Xylar'n estaba en la puerta con el cañón humeante en la mano. No había logrado reaccionar a tiempo. Su disparo la había herido en la cadera. Aria gritó de dolor, presionando la herida sangrante.

—No tienes honor —gruñó ella en su idioma.

El Xylar'n mostró los dientes, acercándose cautelosamente.

—Una lucha cruel y digna, lo admito —gruñó guturalmente, mientras sus ojos oscuros la devoraban ávidamente—. Tú, escoria lemuriana, vendrás conmigo. ¡Qué premio! El Comandante Supremo se alegrará de tener un espécimen lemuriano vivo.

—Vuestro Supremo es tan supremo como yo dócil —siseó Aria entre dientes.

Con sus últimas fuerzas, Aria giró bruscamente y lanzó el cuchillo hacia el soldado, apuntando a su muslo. Él rugió y soltó su arma. Aprovechando el momento, Aria rodó hacia un lado y se escabulló por la puerta que conducía a la parte subterránea de la base. La cerró tras ella. Con esfuerzos febriles logró activar los controles. Las placas blindadas de emergencia descendieron y la puerta quedó sellada. A los oídos de Aria llegaron una serie de rápidos impactos metálicos procedentes del otro lado. El soldado disparaba contra la puerta. Escuchó su grito furioso.

¡La defensa! Mejor activarla. Sus amiguitos estarán aquí pronto. Sus pensamientos fluían cada vez más lentos bajo el velo del dolor. Había perdido el hilo K'ara y ahora apenas podía respirar sin su fuerza vivificante.

—Comandante, la lemuriana ha escapado a los niveles subterráneos —llegó hasta ella la voz del Xylar'n amortiguada por las láminas de acero.

—¡Imbéciles! ¿Cómo la dejasteis escapar?

—Ella... ella no es como las otras. Luchaba como...

—¿Como qué, soldado?

—Como un demonio, Drak'zul. Nunca había visto nada igual.

—Interesante. Quizás el Supremo quiera verla viva después de todo.

¡Drak'zul!, pensó Aria. ¡Han enviado a un Limpiador-Exterminador tras mi pista! Qué honor.

No había tiempo para eso. Se arrastró hasta el terminal más cercano, situado lateralmente a la puerta. Para su alegría, estaba equipado con una ranura de ADN. Esta vez logró establecer contacto rápidamente con la inteligencia de la base.

—Ha sido identificada como Ariadna, lemuriana, me alegro de verla. ¿En qué puedo ayudar? —sonó la voz mecánica de la IA.

—¿Te alegras? —resopló Aria—. Espero que guardes esa alegría para más tarde.

—Aprecio el sarcasmo, Ariadna. Mis protocolos...

—No hay tiempo para esto —le interrumpió Aria—. El estado de la base es crítico. Hay enemigos en la entrada. Entra en modo defensa inmediatamente.

—Iniciando bloqueo de la base y activando defensas. Recomiendo que busques refugio en el interior.

—Qué fácil es decirlo —gimió, dejándose caer al suelo.

—Ariadna, mis sistemas... no están en condiciones óptimas —dijo la Inteligencia de la base.

—Todo está bien. Nos las arreglaremos —respondió Aria, comprendiendo el verdadero mensaje: la base estaba muriendo, igual que ella—. Dime algo bonito que no sepa.

—Podría recitar "Olidara" en protoatlante, si eso ayudara.

—Muy gracioso —murmuró Aria—. Indica el camino hacia el sector médico con la cámara de estasis. Estoy herida.

—Entendido. Y, Ariadna... Buena suerte.

Potentes vibraciones resonaron por el suelo mientras las defensas del puesto avanzado se activaban en las profundidades. Aria agarró rápidamente el núcleo de energía y, cojeando pesadamente, siguió las indicaciones luminosas con las que la inteligencia le marcaba el camino. Descendió por los estrechos corredores. Sentía las vibraciones de los cañones y las explosiones arriba. La batalla sacudía la base.

Arrastrándose apenas, logró llegar a la sala con la cámara de estasis. Con su visión nublada por la pérdida de sangre, alcanzó a ver sus contornos blancos. Se acercó tambaleándose. La sangre manaba de la herida en su cadera, dejando un rastro azulado en el suelo tras ella.

—Gracias por traerme hasta aquí —susurró, esperando que la inteligencia artificial de la base la oyera—. Ahora puedo tener esperanza.

Curaré mis heridas y continuaré mi misión.

Con un gemido prolongado logró subirse a la plataforma de estasis.

—Inteligencia, activa la cámara de tratamiento intensivo.

El silencio fue ensordecedor.

—¿Inteligencia?

De nuevo no hubo respuesta.

Parece que ya no puede comunicarse. Aria se deslizó de la plataforma y se arrodilló. Intentó introducir la combinación necesaria manualmente. Su visión estaba borrosa y su mano temblaba por la debilidad de la pérdida de sangre. Aun así, marcó una combinación y, gimiendo, volvió a la plataforma. A su alrededor se elevaron las capas de los escudos de energía. La cámara inició el proceso de reanimación, activando el campo de estasis.

Aria cerró los ojos. Lo último que vio fueron los escudos de energía, emitiendo pulsaciones azules de vida. Envolvían su cuerpo. En lo profundo de su ser, dudaba que aquí permanecería a salvo. Pero no tenía otra opción. Se estaba muriendo.

Sin ser consciente de ello, Aria había cometido un error fatal. En su debilidad y debido a su conciencia nublada, había olvidado establecer un plazo final para la estasis, condenándose así a un sueño eterno.

Fuera, los temblores y explosiones fueron cesando gradualmente. La base estaba cerrada, protegida de las fuerzas enemigas. Pero para Aria el tiempo se detuvo en este sueño encantado de estasis sin fin, olvidada por todos.

CAPÍTULO -2-

La furgoneta avanzaba pesadamente cuesta arriba. La pendiente, aunque no muy pronunciada, ponía a prueba el motor del vetusto vehículo. El mundo se deslizaba a su alrededor, caldeado por el sol estival, mientras atravesaban la llanura. Habían abandonado la carretera AZ64 y ahora se arrastraban por el terreno irregular. A pesar del aire acondicionado, el ambiente dentro era denso, impregnado del aroma polvoriento de arena, cactus y neumáticos.

Peter aferraba con firmeza el volante de cuero. Sus pensamientos galopaban hacia su objetivo: Pronto llegaremos. Esta cueva podría ser nuestra mina de oro. Espero que sea tan hermosa como dicen.

—En unos minutos estaremos en Lipan Point y después seguiremos a pie hacia el Gran Cañón —anunció con una leve sonrisa—. Despedíos de las comodidades de mi furgoneta y ajustaos bien los cordones. Nos espera una buena caminata.

Brett, el miembro más joven del equipo, sentado delante junto a Peter, sacó el portátil de su mochila. Sus ágiles dedos cobraron vida sobre el teclado mientras en la pantalla aparecía una reconstrucción tridimensional del cañón. Con el cursor azul resaltó un detalle: una inmensa caverna que, según los estudios preliminares, atravesaba el corazón del macizo rocoso en la zona oriental del cañón.

—Según esto, el agujero podría ser el sistema de cuevas más grande del cañón. Nadie está seguro de hasta dónde se extienden los túneles. Solo se han explorado unos trescientos metros.

—Ten algo de respeto. ¿Agujero? Es tu primera vez, ¿verdad, Brett? —Peter lo miró con sorna.

—Sí, puede que sea bonita como prometiste, pero sigue siendo un agujero —Brett se encogió de hombros.

Mindy, geofísica y espeleóloga apasionada en su tiempo libre, se inclinaba sobre el hombro de Brett, escudriñando la pantalla. Sus pensamientos se volvían más nítidos mientras seguía la compleja red de túneles que Brett señalaba: Espero de verdad que encontremos algo valioso en esta exploración.

—¿Creéis que podría haber habido vida antigua allí? —preguntó con esperanza en la voz.

—Si hay rastros de vida antigua, sería un descubrimiento extraordinario —respondió Brett.

—Ya lo veremos, ¿no? —Peter apartó la mirada del camino por un instante—. Hasta ahora no han encontrado nada, pero como dice el novato, nadie ha penetrado muy adentro.

—Ojalá. Me gustaría que encontráramos algo —Sí, todos esperamos eso —pensó Mindy.

—Solo podemos esperar —Peter no perdía de vista el camino. Deseaba que su equipo tuviera razón. Estaba más que impaciente, aunque no lo demostraba. Esta expedición era el fruto de horas de investigación. Pronto sabría si había estado en lo cierto.

Después de aproximadamente una hora por el serpenteante camino, detuvieron la furgoneta en un pequeño desvío. Ante ellos se alzaba el Gran Cañón, cuyas desnudas capas rocosas dibujaban imágenes de tiempos perdidos en el pasado. El sol se ocultaba tras las colinas que se elevaban, tiñendo sus cimas con un halo dorado.

Por fin, pensó Peter emocionado. La cueva está muy cerca.

—Solo un pequeño recordatorio —Peter abrió la tapa del maletero mientras los demás estiraban sus cuerpos entumecidos tras el largo viaje—. No olvidéis coger los juegos de baterías de repuesto para los frontales. Nunca se sabe cuándo los necesitaréis.

Tengo que pensar en todo. Los novatos se creen inmortales. El pensamiento de que él también había sido así le hizo sonreír.

Pronto, cargados con bolsas y mochilas, emprendieron la marcha en fila por el sendero de arcilla pisoteada. Se movían entre matorrales bajos, serpenteando cuesta arriba. El último de la columna, Greg, cargaba con un trípode para el teodolito y hablaba por el móvil.

No puedo entender a este hombre. ¿Realmente quiere estar aquí? En una curva del sendero, Peter le lanzó una mirada reprobadora y sacudió la cabeza.

—Perdona —Greg interrumpió la conversación telefónica. Maldita sea, me ha pillado otra vez—. Tenía que contestar. Era de la oficina.

—No hay problema. Pero no te distraigas, ¿vale? El terreno es peligroso. Un pequeño resbalón y tendremos que sacarte con el trípode de esta pendiente. Ten cuidado, por favor.

Me pregunto si realmente entiende en qué se ha metido, Peter se preocupaba por si el corpulento Greg aguantaría.

El grupo continuó por el estrecho y empinado sendero hasta alcanzar un río seco en el borde del cañón. Peter puso una mano en el hombro de Mindy, quien respiraba pesadamente bajo el peso de su gran mochila.

—Aquí se respira mejor, ¿verdad? —Ella se volvió hacia él. La húmeda brisa que venía del cañón la acarició suavemente.

Siempre tan enérgica. Eso me gusta de ti, Mindy. Peter la miró fijamente. Ella encontró su mirada y sonrió.

—Se puede respirar —Señaló hacia abajo por la pendiente—. Buscaremos la tercera cueva —Dio un paso adelante para continuar.

—Ten un poco de piedad. Impones un ritmo demasiado rápido —La agotada Mindy parecía infeliz. A veces es como un animal salvaje. Tengo que recordarle que no todos tenemos su resistencia.

Su mirada recorrió el tramo pedregoso que quedaba por recorrer por el lecho seco.

—Puede que el montañismo sea tu costumbre, pero ten compasión de nosotros los mortales.

Tiene razón. Debo darles un pequeño descanso, se dio cuenta Peter, conteniendo la risa. Una ola de impaciencia cruzó por un momento su rostro. Aceptó la broma de Mindy y sonrió.

—No importa cuántas expediciones hayas dirigido, Mindy, esta vez debes seguirme, ¿no? ¿Has olvidado cómo me torturaste durante una semana en Guatemala?

—Por esa semana me estuviste agradeciendo durante meses. Pero vale. Ahora te estás vengando —Sonrió juguetonamente. Siempre puedo contar con Peter para que me desafíe. Viva la paciencia.

Mindy conocía bien los instintos de su compañero de aventuras y sospechaba que él creía en el futuro descubrimiento en esta cueva en particular. Espero que tenga razón esta vez también.

—Solo bajaremos hasta la primera bifurcación, ¿verdad? Sabes que no podemos hacer expediciones antes de obtener el permiso. Las autoridades nos perseguirán.

Peter simplemente asintió y guió al equipo por el lecho rocoso, cada músculo de su cuerpo trabajando en perfecta armonía. Esperad un poco, amigos. Cuando veáis la belleza que nos espera, olvidaréis el cansancio. Sus entrenamientos diarios daban ahora sus frutos, proporcionando a su cuerpo la fuerza para superar con facilidad los obstáculos del terreno. Pero esto no se aplicaba en absoluto a los demás, especialmente a Greg.

El calor en el cañón era abrumador. El sol de la tarde los castigaba sin piedad, calentando las rocas a su alrededor. Sin embargo, la belleza que creaban, pintando con sombras sobre el terreno, era incomparable. Los matices impresionaban a Peter.

¡Esta es la vista! No hay otra igual en el mundo. Nunca me cansaré de admirarla. Espero que los demás también la aprecien.

Para Mindy, la cueva Ehora, ubicada al noreste de Peach Springs, Arizona, era un lugar interesante. Aunque no era conocida entre los espeleólogos y los cazadores de aventuras, la exploración de esta cueva potencialmente olvidada era más que necesaria. Mindy esperaba encontrar una estructura habitacional. Tal vez incluso rastros de antiguos habitantes. Lo esperaba y esto era de primordial importancia para ella. Su equipo permitía diversos estudios, desde geológicos hasta paleontológicos.

Después de otra curva del cauce seco, Peter se detuvo y los esperó. Señaló hacia arriba y las miradas de todos se encontraron con la oscura entrada de la cueva, que se abría como el ojo de una antigua deidad vigilando atentamente el cañón desde lo alto. Ahí estaba. La cueva buscada. Se alzaba sobre el arroyo seco, cubierto de arbustos medio secos y visiblemente lleno de escombros rocosos.

—¿Es esta? —preguntó Mindy, respirando pesadamente. Dios, espero que valga la pena todo este esfuerzo. Su voz tembló ligeramente en su deseo de recuperar el aliento.

—Sí, esta es la Cueva de Ehora. El nombre no es especialmente impresionante, pero bajo la superficie se esconde mucho más —Peter estaba lleno de entusiasmo. Presiento que descubriremos algo especial.

Brett trepó rápidamente y se acercó a la entrada oscura. Sus dedos exploraban los contornos alrededor. Parece intrigante, pensó. Frunció el ceño, concentrado en la textura de la roca.

—Pensaba que esto sería una pérdida de tiempo. Pero ahora que lo veo, parece prometedor —gritó a los que estaban debajo de él. Se pasó la mano por el pelo y su rostro se iluminó con una enorme sonrisa de satisfacción.

Mindy dejó su mochila en el suelo y se acercó a Peter. Él definitivamente está emocionado.

—Pete, mientras Brett y Greg montan la tienda, no estaría mal que nos contaras un poco sobre la cueva y qué podemos esperar dentro. Creo que el equipo necesita saber más —susurró ella, mirándolo insistentemente.

Tiene razón, debo motivarlos un poco. Dejó su mochila y se inclinó, tocando las piedras del suelo. Como líder del grupo, no solo debía ser espeleólogo, sino también un narrador cautivador, cuyas palabras inspiraran a sus cansados colegas y encendieran en ellos la chispa que el trayecto había apagado.

Greg parecía desesperado. Qué no daría por un poco de sombra y un vaso de agua fría. Su peso, superior al normal para su altura, lo había agotado. Una ligera apatía y algo de arrepentimiento se transparentaban en la manera en que suspiraba, mirando el teléfono sin cobertura. ¿Me oirá alguien si pido volver? No es que necesitara instrucciones, pero un poco de entusiasmo no le vendría mal.

Todos en el grupo sabían hacia dónde se dirigían. Peter había decidido hacer caso a Mindy. Ordenó sus pensamientos, preparándose para contar la historia de la cueva.

Peter miró hacia las imponentes rocas y comenzó a hablar con voz suave pero segura:

—La Cueva de Ejora es una verdadera maravilla de la naturaleza. Imaginaos una compleja red de cuevas y túneles que se extiende bajo una antigua capa de piedra caliza. Los científicos creen que esta belleza tiene unos 350 millones de años. —Con cada palabra, observaba cómo la emoción regresaba gradualmente a los ojos de Greg. La sed de descubrimientos había impulsado a los ratones de biblioteca Greg y Brett a embarcarse en este gran desafío. El mero hecho de estar ya allí era un logro enorme.

Peter continuó, su voz llena de admiración:

—Dentro nos esperan vistas increíbles. Estalactitas que cuelgan como carámbanos de hielo del techo. Estalagmitas que brotan del suelo como velas de piedra. Perlas de las cavernas, formaciones cristalinas... Ya lo veréis... —Pintaba con palabras el cuadro que les esperaba, mientras las arrugas de cansancio en su frente se iban suavizando, reemplazadas por una mezcla de expectación y curiosidad.

De repente, su tono se volvió más serio:

—Tendréis que seguirme con cuidado. Aquí no hay margen para errores. Cualquiera podría costaros una lesión grave. —Su mirada se detuvo desafiante en la oscura entrada de la cueva, que parecía atraerlo con fuerza magnética—. Esta es nuestra oportunidad para un gran descubrimiento.

—Mañana entramos —declaró, mientras la cueva Ejora parecía observarlos silenciosamente desde la distancia de unos metros.

Mientras el sol descendía lentamente hacia el horizonte, tiñendo el cielo de cálidos colores, el grupo levantó rápidamente su campamento. Pronto, un alegre fuego empezó a bailar ante ellos, proyectando sombras temblorosas alrededor. Mindy colocó cuidadosamente una pequeña olla de aluminio sobre las llamas. No tardó en esparcirse por el aire el aroma de un guiso de judías burbujeante, haciendo que los hambrientos hombres miraran hacia el fuego cada vez más frecuentemente, con creciente impaciencia.

Mañana nos espera un día increíble, pensó Peter mientras observaba a sus amigos a través de las llamas danzantes. Sus ojos brillaban anticipando la aventura que les aguardaba. Presiento que les va a encantar allá abajo, en las misteriosas entrañas de Ejora.

\ \ \*

El amanecer encontró al equipo de Peter listo para adentrarse en la cueva. Las pesadas mochilas presionaban sus hombros, pero la emoción superaba cualquier incomodidad física. Sus miradas estaban clavadas en la entrada, saboreando con anhelo la aventura que les esperaba. La fresca penumbra de la garganta de la cueva parecía susurrar sobre el poder oculto de aquel lugar.

—Increíble —susurró Brett, rompiendo el silencio.

La cueva se abría ante ellos como una herida en la tierra, envuelta en secretos largo tiempo olvidados. La monumental abertura oscura evocaba asociaciones con un portal al reino de Hades.

Después de adentrarse varias decenas de metros, Peter deslizó los dedos por la superficie irregular, impresionado por las formaciones minerales. Parecían estalactitas, pero con delicadas estructuras entrelazadas nunca antes vistas.

—Mirad esto —exclamó Mindy. Se agachó y señaló la punta de una de las formaciones. Intercambió una mirada con Peter, sus ojos brillaban de curiosidad y expectación.

Qué hermosas y delicadas. Peter sacó un martillo geológico de su cinturón y con cuidado, con un golpe suave, desprendió un pequeño trozo de la formación mineral. Lo examinó a la luz de su frontal y notó que su estructura era diferente a todo lo que había encontrado en su carrera como espeleólogo.

—¡Un hallazgo único!

Colocó el fragmento en una bolsa para muestras y se la entregó a Mindy, que se había acercado. Ella la guardó cuidadosamente en su mochila, asintiendo con la promesa de realizar un análisis exhaustivo en el laboratorio.

El equipo continuó adelante por los corredores de piedra, atraído por el encanto de lo desconocido. Pronto llegaron a una espaciosa sala subterránea de la que se ramificaban numerosos pequeños túneles. De pie ante ellos, Peter suspiró. Apenas podía resistirse. Estaba listo para sumergirse más profundamente en los laberintos de la cueva. Los pasadizos desconocidos lo atraían irresistiblemente.

—Estos no están en el mapa —refunfuñó Brett, mirando su portátil—. Está descrita la cámara principal, pero no hay datos sobre estos pasadizos.

—Qué interesante, ¿verdad? Senderos completamente nuevos para explorar —Peter escudriñó el espacio ante él, sus ojos brillando de emoción.

—Bueno, probemos con uno de ellos entonces —Mindy estaba lista para guiar al equipo.

Ágilmente enganchó un cable al anclaje que Peter había clavado firmemente en la roca junto al túnel más cercano. Se incorporó y se preparó para conducir al equipo hacia la parte no cartografiada de la cueva.

—Aquí estamos. Estoy emocionada, Peter. Oh, ¿qué nos esperará? —El rostro de Mindy estaba iluminado por una sonrisa enigmática—. ¿Nos vamos?

—Adentrémonos en lo desconocido —Peter extendió los brazos e intentó imitar su entonación. A pesar de su buen sentido del humor, Mindy no le ahorró un ligero golpe en el hombro.

—Vamos, vamos. Guía.

Dirigió la luz de su casco hacia el techo, donde brillantes formaciones minerales reflejaban la pálida luz. Mindy lo siguió, moviéndose con confianza hacia las profundidades de Ejora, donde esperaba que les aguardaran bellezas subterráneas.

—Peter —Sintió un escalofrío cuando el eco en el túnel de la cueva repitió su nombre. Mindy, de pie justo detrás de él, le dio una palmada en el hombro. Él se sobresaltó y se giró. Ella parecía ligeramente preocupada—. ¿No deberíamos volver? Tú y yo estamos bien, pero Greg y Brett... Son novatos en esto.

Puede que tenga razón, se dio cuenta Peter.

—Tienes razón, pero el pasadizo es ancho y con pendiente suave. No es difícil —Sus pensamientos iban y venían, enfrentado al dilema entre precaución y curiosidad. Miró alrededor.

—Sigamos. ¿Eh? —susurró inclinando su cabeza hacia la de ella. Sus ojos brillaban a la luz del frontal de ella—. Un poco más, Mindy. Esto no me parece peligroso. Es como estar en un sendero turístico.

Ella asintió y le dio otra palmada en el hombro.

—Está bien, vamos un poco más entonces. Adelante.

Mientras descendían por los corredores levemente inclinados y curvos de la galería, su emoción crecía. Los túneles casi lisos estimulaban sus sentidos y pensamientos.

—Esto de aquí, ¿lo ha pulido el agua? —Greg palpaba las paredes casi lisas.

—Casi con toda seguridad puedo confirmarlo —Mindy sonrió al novato—. Tenéis mucha suerte. El pasadizo es ancho y no hay derrumbes.

—No tientes a la suerte —murmuró Brett y miró hacia adelante—. No digas esas cosas.

Minutos después, el grupo llegó a una alargada cámara que ofrecía un rico conjunto de formaciones minerales. El interés geológico de Peter se despertó. Se separó del grupo y con su martillo geológico comenzó a recoger muestras cuidadosamente.

Durante una de sus sucesivas inspecciones en busca de nuevos hallazgos, Peter notó una sombra que parecía una figura, profunda en una de las cámaras laterales.

—¡Mirad! —Greg también lo había notado—. ¿Es una ilusión? ¿Veis una sombra bifurcada? ¿Hay alguien ahí?

—Probablemente sean solo sombras, pero ¿quién sabe? Mejor comprobarlo —Peter echó leña al fuego de la preocupación del novato. El eco repitió tres veces sus palabras en las entrañas subterráneas y esto lo sobresaltó.

—¿Lo has oído tú también? —Mindy también notó el eco triple—. El eco me pareció entrecortado.

—Con toda probabilidad hay una sección con roca más blanda y eso distorsiona el sonido.

—¿O podría ser cierta porosidad?

—Por supuesto. ¿Comprobamos? —Con múltiples preguntas e hipótesis generadas por el eco, el grupo se dirigió rápidamente hacia las sombras en las profundidades.

El estruendo de los pasos resonaba en sus oídos, entrelazándose y creando un interesante efecto sonoro, similar a un beatbox.

—¡Eh! —Brett estaba encantado—. Debería haber traído un micrófono. Peter, ¿por qué no dijiste que se podían grabar álbumes en una cueva?

—Bueno, la próxima vez sabré que también sirve para eso. —La idea de Brett le gustó a Peter.

—Estudio de grabación... Hermanosubterráneo. Suena genial, ¿verdad Greg?

—Vamos, Brett. No bromees. La fuerza del eco podría alterar el equilibrio aquí —El murmullo del muy preocupado Greg enfrió en cierta medida las esperanzas de música cavernícola.

—Como digas, tío, pero es más que guay —a pesar de todo, Brett bajó su voz casi hasta un susurro.

Se adentraban cada vez más en la cámara. Aunque el techo visiblemente se acercaba, su determinación de alcanzar el final de la cavidad no disminuía. Tenemos que llegar al fondo, se animaba Peter. Saltaban enérgicamente sobre salientes y se deslizaban entre gigantescas estalagmitas y enormes columnas estalagmíticas – su objetivo era llegar al final de la sala e investigar la causa del eco entrecortado.

Peter saltó ágilmente varios obstáculos y se detuvo de repente. Escuchó y siguió con la mirada el ruido de una corriente de aire que parecía ser absorbida.

¿Movimiento de aire?, se preguntó desconcertado. Levantó la vista y sobre su cabeza notó una gran abertura.

—¿Una chimenea? Tan adentro —Mindy se detuvo junto a él, mirando hacia arriba. Rápidamente examinó el espacio a su alrededor, evaluando los objetos. Estaban cerca de la pared de la sala.

—¡Mira! —Señaló algo a Peter con la mano. Sus ojos verde esmeralda miraron incrédulos – delicadas escamas brillaban como gotas de rocío en la oscuridad de la cueva.

—¿Será solo un juego de la luz? —Se acercó y examinó con cuidado.

—Demasiado hermoso para ser verdad.